sábado, 2 de octubre de 2010

EL OFICIO DEL EXTRANJERO

Ser de otro lugar siempre es complicado. Ser de la provincia en la capital o de la capital en la provincia. Ser del norte en el sur o del sur en el norte. Ser extranjero siempre es tener un pasado y un futuro ocultos por la bruma. Lidiar con papeles, autenticaciones y números kilométricos. Explicar claramente qué hay detrás del nombre y fumigar las sospechas con acciones. Nada fácil.

Pero eso, con el tiempo, me ha resultado menos problemático que ser una descendiente de emigrados. Un rejunte de nacionalidades desesperadas. Un árbol genealógico con las raíces todavía chorreando tierra. Porque ahí el mapa se borronea todavía más, y la imaginación se vuelve un lápiz que dibuja torpemente ese país de todas partes. Esa historia desmembrada.

Lo peor de ser nieta de migrantes es no saber exactamente qué fue lo que se perdió ni adónde recuperarlo. Si estará en esa paella que huele a distancia o en esos ñoquis que ya ni siquiera son de papa. Quizás por eso se abren a escondidas las valijas de principio de siglo con ropa apolillada o se ven fotos de un sin fin de desconocidos.

Quizás por eso se busca con curiosidad y desespero el camino de regreso, ese del ya no quedan migas; y se reconstruye en el silencio al que no contesta las preguntas, o se revive con palabras a un pariente sin cara.

Porque ser hija de migrantes es crecer creyendo que uno no es de dónde es y que pronto habrá que irse; y que un extraño vínculo con la nada con los años se vuelva un fornido cordón umbilical.

Acá muchos me dicen que perdí el acento. Que hablo como chilena, que parezco cubana, paraguaya o de Venezuela. Al parecer cualquier sitio me calza. Otros se asombran cuando les digo que soy argentina. O peor aún, que no soy porteña.
Y yo, como si fuera un crimen, confieso que vengo de un pueblo.
—¿De cuál? —se interesan los menos desilusionados con esta argentina camaleónica que no habla con eyes ni se persigna con la carne.
Y ahí la cosa se pone peor.

En primer lugar, porque demostrar que Argentina no es Buenos Aires es prácticamente imposible. No hay héroe nacional que lo haya logrado, ni político de turno que siquiera lo intente. Y en segundo lugar, porque encontrar mi pueblo tampoco es tan sencillo. Cada año se vuelve más traslúcido.

Pero si me insistieran y lo tuviera que localizar diría que es el mismo en el que jugaba mi abuela allá en Italia, bien al norte. Y el que décadas más tarde añoraría mi padre. Uno pegado a Bolivia. O tal vez alguien como mi madre lo recuerde a orillas del mar Mediterráneo. Pero yo juraría que se ubica en algún lugar en la frontera con Brasil y Paraguay. En fin… ese es el pueblo en el que pienso cuando me preguntan.
Uno del que prácticamente solo queda un barrio, una casa y un patio en el que jugaba una niña con un conejo que se llamaba Tato.

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