martes, 26 de octubre de 2010

Entrevista al escritor Santiago Roncagliolo sobre su última novela “Tan cerca de la vida”

Santiago Roncagliolo supone que el germen de su última novela brotó un día a las tres de la mañana, cuando miraba el techo, deprimido, tratando de comunicarse con casa sin lograrlo, poco después de registrarse en un sofisticado hotel en la ciudad de Tokio. Prendió la televisión y puso el canal porno: las imágenes eran las previsibles, con una diferencia: se había pixeleado todo contacto genital. El escritor peruano pensó entonces, a miles de kilómetros de casa, que escribiría una novela sobre relaciones humanas pixeleadas.

Y ese libro es “Tan cerca de la vida” (Alfaguara), un libro de ciencia ficción, una historia de amor, un thriller de suspenso. En fin: un difuminado cruce de géneros para contar una historia donde la misma realidad japonesa, confusa, enigmática y futurista. Tome nota: en la Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores, acompañado por el escritor Gustavo Rodríguez, Roncagliolo se presenta mañana a las 8:15 p.m.

¿Cómo fue tu primer descubrimiento, tu choque con la civilización japonesa?
Igual como empieza la novela: llegué a Tokio, bajé del avión sufriendo el cambio de horario y encontré en el aeropuerto un cartel que decía: “Bienvenido a Tokio, si siente cualquier malestar, pase por aquí”. Miré a ese lado y había un tipo vestido de cirujano y otro con uniforme militar, ambos con mascarillas en la cara. Estaban parados frente a un escáner que medía la temperatura corporal, que la reproducía en colores en la pantalla. Allí supe que ese sería el comienzo de un thriller. Sucedió una cosa muy curiosa además. En Japón no funcionan los teléfonos que no sean tecnología 3G, por lo que el mío pasó a ser obsoleto, así como mi vieja computadora. Así que quedé desvinculado, muy solo, en medio de un sitio difícil de entender, en un barrio extranjero con una gigantesca presión sexual, pues hay miles de occidentales que viajan a Japón para acostarse con japonesas.

“Tan cerca de la vida”, más que ciencia ficción, nos cuenta cómo será la sociedad en los próximos cinco minutos…
Así es. Salvo algunos detalles extremos, la tecnología que se cuenta en la novela ya existe. El iPhone, pagar el metro con el teléfono celular, los avances en inteligencia artificial. Pero lo que me interesaba sobre todo, más que cómo las máquinas se parecen a las personas, era cómo las personas nos estamos pareciendo cada vez más a las máquinas. Eso me da mucho miedo.

¿Necesitamos irnos a Japón para darnos cuenta de cómo hemos enfriado nuestras emociones humanas?
Creo que le sucede lo mismo a cualquier persona que trabaja en una empresa grande, donde las decisiones se toman muy lejos de él, donde los trabajadores son productos o, como se los llama, “recursos humanos”. Las sociedades conforme se van haciendo más ricas también se van haciendo más frías. Y eso hace que nuestras relaciones personales se vayan congelando.

En la novela, presentas un Japón dividido entre aquellos conectados a la tecnología y aquellos que han quedado obsoletos…
Japón sigue siendo un país conservador en muchas cosas. Lo que sucede es que Tokio fue volado por entero en la Segunda Guerra, desapareció. Y la mentalidad japonesa es muy práctica: ya que habían ganado los estadounidenses, decidieron ser iguales a ellos. O mejor. Por ello construyeron una ciudad mucho más occidental que cualquiera otra de Occidente. Hay toda esta apariencia tecnológica, pantallas de plasma gigantes en las calles, es una ciudad higiénica y silenciosa donde la gente va con mascarillas por la calle. Pero, a la vez, hay algo detrás, que no puedes ver, más allá de toda esa modernidad tecnológica. Existe una esquizofrenia entre el ser milenarios y el ser modernos. Un permanente choque entre tradición y modernidad.

¿Qué lecturas de ciencia ficción convergen en tu novela?
Me gustan los autores que parecen de ciencia ficción, pero no lo son. Aquellos que no te hablan de máquinas, sino de gente. Como Ray Bradbury, Philip K. Dick, o Ballard. También me interesaba el género del terror, y especialmente el terror japonés.

El terror japonés se ha vuelto una creación pop…
Sucede algo genial en el cine de terror japonés. A diferencia de las películas occidentales, cintas como “Dark Water” o “El aro”, no tienen que explicar por qué pasa algo raro. Se da por sentado que el mundo lo incluye todo. Además, en las películas de terror japonés el espectro no es malo, al contrario, está tratando de transmitir un mensaje. Los malos son los vivos, que se empeñan en no escucharlo porque tienen miedo. ¡Son historias sentimentales de gente muerta!

Eres uno de los mejores autores para describir cómo es la vida en los hoteles. ¿Cuál es el límite de sobrevivencia lejos de casa?
Por mucho tiempo he sido un hombre dentro de un hotel y nada más. Generalmente estás en giras promocionales, tu vida parece muy glamorosa, y al principio lo es, pero luego estás agotado y al final del día eres un tipo que vuelve a un hotel para estar solo. Ahora que tengo un hijo, es muy duro.

¿Cómo llevabas todos los referentes que hoy presentan Tokio como el símbolo de lo extraño y lo fascinante a la vez?
De hecho, el hotel en que me hospedé en mi estadía en Tokio fue el de la película “Lost in Translation”. La novela empieza en el piso 45, y de allí va para arriba. Estás en un platillo volador encima de Tokio, mirando edificios ultramodernos por todos lados. Y en medio del lujo te sientes solo. Ese es el efecto Bill Murray en la película de Coppola. Simplemente me di cuenta de que Tokio era una ciudad que todos hemos visitado. Todos hemos leído libros y visto películas que nos hablan de esos aspectos de la ciudad. Esta es la ciudad de “Blade Runner”, de “Lost in Translation”. Operé con esos referentes culturales como con las cosas que veía en la calle. Son parte del mismo espacio. La única diferencia entre una referencia y un cliché es el resultado de la novela. Si es buena, lo llamarán referencia. Si es mala, dirán que es un plagio.

La editorial te presenta así: Santiago Roncagliolo es el escritor más camaleónico en lengua española”. ¿Te gusta esa definición?
Sí, me gusta. Mi literatura es rara. Me gustan artistas como David Bowie, Pablo Picasso o Stanley Kubrick, que hacían cada obra totalmente distinta a la anterior. Trato siempre de sorprenderme a mí mismo. Además creo que tengo un problema de identidad. ¡No tengo idea de quién soy! Viví la parte más importante de mi vida en el Perú, luego cinco años en Madrid y otros cinco en Barcelona. Y en cada sitio la vida me llevó a ocupaciones muy distintas. No tengo amigos de toda la vida porque no he estado toda mi vida en ninguna parte.

Por: Enrique Planas

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